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Las palabras como espejo: un camino hacia el corazón

"De la abundancia del corazón habla la boca. Donde está tu tesoro, allí está tu corazón."

A veces, la mente va tan rápido que nos resulta imposible reconocer nuestros propios patrones de pensamiento o incluso identificar qué es lo que estamos sintiendo. Cuando esto ocurre, hay una vereda muy sencilla y poderosa para comenzar a desenredar la mente: observar nuestras palabras.


Esa historia que nos contamos una y otra vez, los argumentos que justificamos constantemente en nuestra mente y ante los demás, son un indicador directo de dónde está puesto nuestro corazón.


Toma un momento para observar en eso que has estado pensando últimamente, ese argumento recurrente sobre alguna situación o sobre alguna persona, observa la firmeza de ese juicio, la razón de tus conclusiones y como las defiendes.


A simple vista, parece una postura lógica para proteger tu paz, sin embargo, si te detienes a repetir ese discurso y lo observas con atención, descubrirás que hay una raíz oculta. La raíz es dar por sentado que tú sabes cómo son los otros. Es actuar como si la opinión que tienes sobre ellos fuera exacta, inamovible e irremediable.


Gran parte del sufrimiento y la confusión que experimentamos nace precisamente de esto: de identificarnos ciegamente con nuestros pensamientos y con la historia que nos contamos de nosotros mismos y de los demás. Creemos que las demás personas son los juicios que hacemos de ellos de la misma forma que pensamos que nosotros somos esos juicios que hacemos y los juicios que creemos que los demás hacen de nosotros.


Cuando te descubras repitiendo esa historia sobre lo mal que actúan los demás, haz una pausa. Observa ese pensamiento como si fuera una nube que pasa por el cielo de tu mente, sin involucrarte ni aferrarte a él. Observa como los demás ni uno mismo puede ser el juicio de una experiencia temporal. Reconoce que tú no eres esa mente que critica; eres la conciencia silenciosa que se da cuenta de que la crítica está ocurriendo. Es un camino para que la atención deje de enfocarse hacia afuera (en los juicios del otro) y regrese hacia adentro. Al indagar sobre quién es el que juzga, el sentido de individualidad y la necesidad de tener el control comienzan a disolverse.


Llamado a la acción:

Cuando dejamos de cargar con el peso de ser los jueces del mundo y soltamos la ilusión de estar separados de los demás, la mente se aquieta. Al cesar el esfuerzo por tener la razón, aparece la verdad de lo que realmente somos: un estado de paz profunda donde no hay juicios. Ese es, verdaderamente, el regreso a casa. Te invito a iniciar el camino de observar hacia adentro para regresar al ser que ya somos.



 
 
 

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